Sep
27

AGENTE SONRIENTE

En la ciudad española de Valencia ha nacido una empresa, llamada Felizo SA, que en los próximos meses va a instalar en varios puntos estratégicos de la ciudad “cabinas dispensadoras de Sonrisas” en cuyo interior un señor o señora suficientemente capacitado al efecto ofrecerá al usuario un auténtico “baño de bienestar”. Escuchará sin reticencias sus quejas y lamentos, le prodigará halagos y requiebros sobre su inteligencia y buen aspecto, e hinchará su ego hasta hacerlo flotar por las nubes. Según proclama su folleto publicitario, “Los confesores y los psiquiatras ya son cosas del pasado y están obsoletos”. “Nuestros agentes sonrientes les proporcionarán grandes dosis de autoestima y bienestar mental sean cual sean sus creencias o circunstancias personales. Un antídoto perfecto contra la crispación y el mal rollo generalizado que ha traído la crisis.”

No deja de ser original el servicio, y pone de manifiesto la necesidad creciente de desahogar y buscar solución a los problemas cotidianos, también crecientes, que cada día nos preocupan. Necesidad que hasta ahora estaba cubierta por confesores, psicólogos, psiquiatras; y, sobre todo, por los amigos(as) o vecinos(as). Los últimos siempre vas a estar ahí; los anteriores, según esta empresa, están obsoletos y son cosas del pasado. Una cosa sí es cierta, este nuevo servicio va como anillo al dedo a la tendencia moderna a conseguir las cosas como por arte de magia y sin esfuerzo alguno; bueno a penas cinco o diez euros (digamos dólares), pero ¿qué es eso a cambio de la felicidad? Nada.

Y probablemente con ese argumento se da la razón al tachar de obsoletos a confesores, psicólogos y psiquiatras, ya que, normalmente, éstos sí exigen un esfuerzo para mejorar. No nos engañemos; el tal agente sonriente te dirá un montón de cosas bonitas sin saber absolutamente nada de ti, y te hará sentir bien los minutos que pases dentro de la cabina, pero una vez fuera, todos los problemas y circunstancias que nos hacen sentir mal siguen ahí; nada ha cambiado. Los cinco o diez dólares no han comprado la felicidad, sino unos minutos de falsa autoestima.

El bienestar espiritual no es un conjunto de breves, fugaces, independientes e inconexos momentos de sentirse bien por eventos externos que nos halaguen o entretengan o nos hagan olvidar la realidad, como pueda ser una fiesta, ver un partido o recibir una sesión mágica de uno de estos agentes sonrientes. El bienestar espiritual es una sensación que nos envuelve en forma permanente o muy duradera, y que está fundamentada en los aspectos y circunstancias fundamentales de nuestra vida. Por supuesto que alguna circunstancia se puede romper por causas propias o ajenas, y ello va a afectar nuestro bienestar, pero dependerá de cómo manejemos la situación que esa herida quede permanente, e incluso ponga en riesgo otros aspectos, o cicatrice y se restablezca el bienestar. Pero el manejar la situación, normalmente requerirá de algún esfuerzo (disculpen, debo ser obsoleta por creer que hay que esforzarse para mejorar).

Y esa es la labor de los profesionales en salud mental. Ellos no te dicen cuatro cosas bonitas. Ellos trabajan con la relación entre la persona y sus circunstancias, porque para eso han estudiado muchos años; trabajan en la búsqueda de soluciones reales a los problemas, no en escondértelos por unos minutos; y si el problema es irreversible, trabajan en la asimilación del mismo por parte de la persona para que no la dañe. Los confesores tienen una intención similar, pero normalmente, con menor preparación para ello, y con un sesgo hacia su fe religiosa. Los amigos y vecinos tratan de animarnos y de que nos sintamos bien con buena intención y a cambio de nada, pero carecen de preparación. Por último, estos agentes sonrientes, sin ninguna capacitación en salud mental, te dicen unas cuantas cosas tan bonitas como falsas, a cambio de dinero. Usted elige.

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