Jul
10

CRISIS CONYUGALES

El matrimonio no es una institución estable e inalterable. Legalmente es un estado civil; psicológicamente no es un estado, sino todo lo contrario, un proceso dinámico que evoluciona y atraviesa múltiples fases; algunas provocadas por circunstancias coyunturales de la propia dinámica, y otras naturales, típicas e inherentes a la propia dinámica conyugal. Cabe señalar, en primer lugar, la clara diferencia entre los conflictos y las crisis conyugales. Los conflictos, en diferente forma y medida se dan de una forma más o menos frecuente. Son algo normal en cualquier tipo de relación humana, y con mucha mayor razón lo son en una relación tal estrecha como la conyugal.

Los conflictos existen siempre; son inevitables. No existe matrimonio en el que no haya conflictos; lo que sí sucede a veces es que los conflictos se reprimen, pretendiendo con ello responder a un utópico modelo de matrimonio perfecto con el que muchas personas han sido educadas. La existencia de conflictos no significa que haya crisis, siempre y cuando los conflictos se resuelvan adecuadamente. Entre los conflictos graves que más comúnmente dan lugar a crisis, están la intromisión de los familiares en la vida conyugal, la disparidad de intereses o de valores, la discrepancia de criterios respecto a los hijos, y, por supuesto, las infidelidades, y el maltrato físico o verbal.

La no resolución de los conflictos, aun cuando no sean graves, puede dar lugar a crisis. Algunos de los conflictos graves son de difícil resolución, e inevitablemente conducirán a una crisis seria. La represión interna de conflictos también puede dar lugar a crisis, cuyos síntomas también tienden a reprimirse. Las crisis tienden a separar el matrimonio en primera instancia, y será en función de cómo se maneje esa crisis que lo separará definitivamente, o por el contrario lo fortalecerá, o bien supondrá simplemente un “stand-by” hasta que llegue la siguiente crisis, como también sucede comúnmente.

Resolver un conflicto no necesariamente significa “hacer las paces” y olvidarse del asunto sin más. Es más que probable que las razones que provocaron ese conflicto se repitan y provocarán un nuevo conflicto, y otro y otro. Se puede hacer las paces numerosas veces, pero la repetición del conflicto significa que no ha habido una resolución real, y tenderá a provocar una crisis, tal vez una crisis seria.

Es común también que una de las partes sea más “hábil” que la otra para hilvanar argumentos y exponerlos y manejarlos con poco rigor, incluso frente a terceras personas, pretendiendo tener siempre la razón. Ello indica una escasa o nula reflexión sobre las posibles razones de la otra parte. Si ello se repite con frecuencia, estará generando una distancia, una grieta, tal vez más real que aparente, que puede tener consecuencias imprevisibles, pero nada buenas.

Los conflictos son únicos; esto es, cuando hay un conflicto sobre la mesa, solo ese conflicto debe estar ahí, o bien otros que tengan una relación muy directa e inmediata con él. Poner sobre la mesa otros conflictos pasados ya resueltos no debe hacerse; no tiene otra interpretación más que la falta de razón en el conflicto actual.

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