May
27

DISCIPLINA

Existen cuatro conceptos fundamentales referentes a la educación, todos ellos diferentes, necesarios y complementarios; que a menudo suelen ser confundidos, malinterpretados, y aplicados inconvenientemente. Se trata de la disciplina, la firmeza, la tolerancia y la flexibilidad.
Se tiene tendencia a agrupar los dos primeros por un lado, y contraponerlos a los dos últimos, como si unos y otros constituyesen diferentes y opuestos criterios de educación, es decir, que donde imperan la disciplina y la firmeza no caben la tolerancia y la flexibilidad; y donde predominan estas últimas, fracasan la disciplina y la firmeza. No debe ser así. Los cuatro son necesarios y deben aplicarse en armonía; a veces uno, a veces otro. Dedicaré éste y los próximos blogs a hablar de cada uno de ellos y su relación con los otros, con objeto de entender la importancia de todos ellos, y cuál es el lugar que cada uno ocupa en la educación de los hijos.
En esta ocasión voy a referirme a la disciplina por ser el elemento central de todos ellos. Disciplina es la actitud de acatamiento de las normas que pretenden hacer lo más armónica y funcional posible, tanto la convivencia e interrelación entre los miembros de cualquier tipo de grupo humano, como, a nivel individual, la relación de uno mismo con el medio y con su propio ser. Puesto que estamos hablando de educación en el ámbito familiar, tomaremos en cuenta la versión individual de la disciplina como algo importante a inculcar en los hijos, pero nos referiremos, sobre todo, a la versión colectiva de la disciplina, tomando como grupo humano a la familia.
La familia tiene unas determinadas normas para su óptimo funcionamiento; algunas de las normas son generales; otras son particulares de cada familia, pero, en definitiva, lo que todas pretenden, normalmente, es lo que son los objetivos fundamentales de la familia, es decir, buscar el equilibrio emocional y satisfacer la necesidad afectiva mediante la relación armónica entre sus miembros, y ser transmisora de valores éticos y educativos a la siguiente generación. Estas normas, implícitas o explícitas, deben existir siempre.
Los padres son los principales responsables de establecer estas nomas, y de procurar el acatamiento, el respeto y la actitud positiva hacia las mismas, tanto por parte de los hijos, como, por supuesto, de ellos mismos. Nunca cometamos el error de confundir dichas normas con exigencias caprichosas puntuales que los padres podamos tener a veces con los hijos. Por ejemplo, si el padre “ordena” al hijo que le traiga un vaso de agua, eso no es una norma familiar, y el padre no tiene ningún derecho a exigir disciplina al hijo con el pretexto de que la obediencia a los padres sí es una norma que requiere disciplina.
Los padres están también obligados a la misma disciplina a las normas familiares, y además, deben dar ejemplo, y en el caso anterior el padre está abusando de su autoridad al tratar al hijo de forma esclavista, sin considerar que una de las normas básicas en la familia es el respeto mutuo; no solo de hijos a padres, sino de padres a hijos igualmente. Si en vez de ello, el padre le pide el vaso de agua por favor y con cariño, probablemente el hijo estará encantado de satisfacer a su padre.

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