Dic
19

Disfrutar de ser padre

Disculpen que publique nuevamente estos párrafos, pero es que cada vez que he visto en las últimas semanas a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, cayéndosele la baba con su bebé, he sentido un impulso irresistible de insistir en ello una y cien veces. La fascinación de este joven padre no es diferente a la que sienten la gran mayoría de las madres, pero verla públicamente en un hombre provoca algo diferente, algo a lo que no estamos muy acostumbrados; más cuando parece estar dejando a un lado su gran imperio para disfrutar más de su hija. Siempre habrá quien calcule en dólares la fortuna de esta recién nacida, pero para mí, la fortuna de tener un padre entregado no se mide en dólares.

Quisiera provocar alguna reflexión sobre el significado de la palabra “padre”. Una reflexión dirigida especialmente a esa gran cantidad de padres que lo son, pero no se atreven a serlo; a aquellos que se resisten a la tentación de cargar y abrazar a su bebé porque no se lo permite su “masculinidad”; a aquellos que entran “furtivamente” a verle, acariciarle, chinearle y hacerle muecas y luego tratan de negarlo cuando se les pilla “in fraganti”; a aquellos que tal vez quisieran, pero se sienten unos completos “inútiles” para atenderles físicamente; y a aquellos que aunque algunas veces se involucran en su atención y cuidado, en general no se comprometen porque suelen tener “cosas más importantes que hacer”.

En todos estos casos se pone de manifiesto, en mayor o menor medida, una especie de vocación natural al ejercicio de la paternidad similar a la vocación maternal de la mujer, con excepción, lógicamente, de aquellas escasas funciones que la naturaleza ha asignado en exclusiva a la madre; vocación paternal que se ve frustrada por los patrones impuestos por la cultura, que no por la naturaleza, y que le impiden disfrutar de la paternidad de la misma manera que es capaz de disfrutar la mujer.

Hay hombres que dicen que con estos patrones culturales, disfrutan la paternidad a su manera, y no vamos a negar que pueda ser cierto, pero también es cierto que de aquellos padres, cada vez más, que han experimentado la paternidad más allá de los esquemas tradicionales, y se han involucrado plenamente en el afecto y la atención física a sus hijos, ninguno de ellos se arrepiente de la experiencia o se cambiaría por los primeros; al contrario, les resulta fascinante y descubren sensaciones inimaginables; las mismas sensaciones que toda la vida han descubierto las madres. Los padres que no lo han experimentado no se imaginan lo que se han perdido.

Y es lógico; la ternura, el afecto, el cariño, la atención, el cuidado, etc., no son cuestión de género; son tan naturales en los hombres como en las mujeres; en los seres humanos como en las demás especies animales; mucho más aún cuando se trata de un hijo. Pareciera que para satisfacer nuestros objetivos vitales cada vez más buscamos fórmulas, como si vivir fuera un ejercicio matemático; pareciera que cada vez más tratamos de imponernos estereotipos, de imitar lo que otros hacen, y de seguir lo que otros dictan. Parece que cada vez más buscamos y buscamos fuera, en vez de buscar dentro de nosotros mismos.

No hay fórmulas para que un hombre pueda disfrutar de ello; simplemente debe superar los condicionantes culturales y permitirse a sí mismo la expresión natural de aquello que lleva dentro. Debe comprender que dichos condicionantes culturales son precisamente eso, culturales, no naturales, sino establecidos por el propio ser humano, no necesariamente con criterios acertados, o tal vez con unos criterios razonables para otras épocas, pero no para la época actual.

Algunas mujeres han contribuido a ello arrogándose en exclusiva estas funciones. La atención física tampoco debería ser ningún sacrificio; o mejor dicho; si el padre quiere verlo como tal, entonces sí lo será; pero si quiere verlo como un juego, un juego será; un juego con su hijo. Para llegar a comprenderlo basta superar esa barrera mental y esa actitud comodona, e intentarlo dos o tres veces, sabiendo que a quien está atendiendo es nada menos que su hijo. Reclame lo que le corresponde; reclame su derecho al afecto y a la atención de SU HIJO. Comparta con su pareja esas tareas, pero no por ella, sino por su hijo, y, sobre todo, por usted mismo. No se arrepentirá, y la unidad familiar se verá fortalecida.

Un padre comentaba en una ocasión: “Me he ensuciado cambiando sus pañales, me ha llenado de babas y hasta de vómito la camisa, me ha orinado cien veces el pantalón… y en vez de sentirme apenado, me siento exageradamente orgulloso”. Este padre, sin duda, había aprendido a disfrutar de aquello que la cultura se empeña en negar a los hombres. Pero el beneficio no era solamente para el padre; tal vez sin ser muy consciente de ello, con la atención física y afectiva que este hombre proporcionaba a su hijo, se estaba abriendo un valiosísimo canal de comunicación entre ambos. Probablemente este padre estará siempre más unido a su hijo. Probablemente estará más capacitado para educarle en la niñez, y para entenderle en la adolescencia, porque desde el primer momento existió permanentemente ese canal de comunicación.

 

 

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