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EQUILIBRIO DE METAS

Al visitarnos durante las navidades pasadas una persona conocida que ya tiene muchos años de residir en Estados Unidos, yo le preguntaba por sus hijos, a lo que ella me contestó: “A fulano le va bien; gana tanto. Y a mengano le va aún mejor; gana tanto”. Yo me quedé pensando por un momento si no me habría entendido bien, pues yo le había preguntado cómo estaban sus hijos en general; no cuánto ganaban. Quizás era simplemente la expresión de la asimilación de una cultura más evolucionada, incluso en esa característica tendencia al consumismo y a medirlo todo con dinero. Pero tampoco era extraño que valorase tanto la situación profesional y económica de sus hijos cuando a ella, de condición humilde, le tocó trabajar mucho en ese país, siempre con una meta en la cabeza: que sus hijos tuvieran estudios universitarios y un futuro económico mucho mejor que el suyo.

Al profundizar en la conversación fueron aflorando innumerables frustraciones y problemas ocultos detrás de ese éxito profesional y económico de los hijos; desde la ingratitud y el olvido de éstos, al tener que subsistir ella sola con una mínima pensión, a problemas de adicción a la cocaína, pasando por fracasos familiares, e inestabilidad y desorientación general.

La historia me resultaba familiar; sobre todo porque en mi ejercicio profesional como psicoterapeuta he podido verla repetida muchísimas veces; cada una con sus variantes y características específicas, pero siempre con un denominador común: la superación económica, material o profesional como objetivo fundamental de la existencia. Y no es que no sea importante ese interés por este tipo de superación. La cuestión es si todo lo que hacemos debe encaminarse hacia la superación económica, material y profesional como fin último; o, por el contrario, ésta es simplemente un medio que busca un objetivo más profundo, tal como la superación personal (como persona), el bienestar, y, en definitiva, la felicidad.

Para la gran mayoría de las personas no hace falta una reflexión muy profunda para aceptar esto último, y reconocer que además de la estrategia de la superación material y profesional hay otras tan importantes o más para lograr ese objetivo último; tales como el amor, la amistad, la armonía y estabilidad familiar, la satisfacción con lo que uno hace, la tranquilidad de conciencia, etc. Sin embargo, esa misma mayoría de personas se basa fundamentalmente en  la superación material y profesional para establecer sus metas para cada año o para cada etapa de su vida.

Así, por ejemplo, es muy común ponerse como metas para el próximo año hacer mayores ventas, conseguir un aumento, un ascenso, un trabajo mejor remunerado; hacer un buen negocio, o comprarse un carro nuevo, o una casa en una mejor zona. No es tan común, sin embargo, ponerse como metas lograr una mayor estabilidad familiar, o una mejor comunicación con la pareja, o más tiempo compartido con los hijos, o participar más en su educación y desarrollo, o ser mejor persona, o vivir sin ningún cargo de conciencia.

Esta aparente contradicción es más bien una distorsión de valores provocada por varias  razones: en primer lugar, aun reconociendo la importancia del fomento de los valores humanos para nuestro bienestar, sabemos que se necesita una base económica para tener una calidad de vida, presente y futura, en función de nuestras expectativas; y que sin esa base económica difícilmente se puede sostener el bienestar. Ello nos hace dedicar especial atención a construir esa base económica, sin que ello sea incompatible, normalmente, con la atención al lado humano y familiar de nuestra vida. Sin embargo, si nuestras expectativas son muy altas en relación a nuestra capacidad nos obliga a una dedicación extraordinaria al trabajo, lo que necesariamente limita la atención de los otros aspectos.

En segundo lugar, lo anterior, desde la conciencia de que el dinero no llega por si sólo, provoca cierta “inercia” o “adicción” al trabajo, y a la vez cierta tendencia a pensar que los demás aspectos sí se cuidan, sostienen y fomentan por si solos, por lo que no se les presta la debida atención. En tercer lugar, las metas materiales que nos ponemos cada año no responden tanto a nuestra propia esencia, sino a los estereotipos que la cultura actual nos inculca. Así por ejemplo, nuestra meta es ser esa persona de éxito, modelo de la sociedad moderna y consumista; es decir, atractivo, seductor, agresivo, con muy altos ingresos, carro de lujo y casa en la mejor zona. Es una lástima que ese modelo no nos cuente si además es buena persona, honesto, dedicado a su familia y a la adecuada educación de sus hijos. Y si tímidamente lo hace, no nos enseña el secreto para hacerlo compatible todo.

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