Ene
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LA EXCELENCIA ESTA EN UNO MISMO

Un nuevo año escolar comienza, y nunca he escuchado tanto como últimamente la palabra “excelencia”, y en particular aplicada al tema educativo. Vivimos en el país de la excelencia; no me explico por qué las cosas no funcionan como deberían, por qué dicen que este país es tercermundista, y por qué los estudiantes, salvo honrosas excepciones, salen cada vez peor preparados, desde kinder, hasta graduados universitarios. ¿Qué entienden por “excelencia”?. Si analizamos un poco este tema nos damos cuenta de que la palabra “excelencia” no pasa de ser simplemente la palabra de moda en el marketing de las instituciones educativas, y como tal la debemos tomar. Pero en sí mismo se trata de un concepto un tanto abstracto, y subjetivo, por lo que no tiene sentido discutir sobre si es real o no. Simplemente es tan real como nosotros queramos aceptarlo.

Cuentan que a Pepito, en un examen de quinto grado, la maestra le preguntó: ¿Cuánto son dos más dos?. -Cuatro-, contestó Pepito. -Muy bien-, dijo la maestra; a lo que Pepito replicó: -Muy bien, no; EXCELENTE-. No se puede decir que a Pepito le falte razón. Su colegio ofrece excelencia académica; de hecho, consigue que todos sus alumnos de quinto curso sepan cuánto son dos más dos. Otra cosa es que el nivel de los conocimientos impartidos responda al currículum oficial correspondiente a dicho grado, y que ello sea controlado con algún rigor por las autoridades educativas. Otra alternativa sería que los propios padres de los alumnos del colegio de Pepito se preocuparan de controlar dicho tema, pero ello requeriría que ellos mismos tuvieran conocimientos iguales o superiores al nivel que deben controlar, y que fueran plenamente conscientes de su verdadera responsabilidad educativa para con sus hijos, lo cual es incierto.

Queda entonces bajo la responsabilidad de la dirección de cada centro educativo ofrecer y exigir con cierto rigor los conocimientos que corresponden a la expectativa oficial para cada grado. El director del colegio de Pepito podría hacerlo, pero Pepito ya no tendría resultados “excelentes”; es más, probablemente repetiría grado, tanto él, como la mayoría de sus compañeros, y el director tendría que enfrentar toda la presión de los padres para que a sus hijos se les pasara de grado, o asumir el riesgo de quedarse sin clientela ante la posibilidad de que los padres decidan sacar a sus hijos y llevarlos a otro centro educativo con mayores garantías de obtener conjuntamente “excelencia” y promoción de curso, y con seguridad lo encontrarían.

¿Qué va a hacer entonces este director?. Pepito seguirá obteniendo “excelentes” resultados año tras año, y se graduará de bachiller. Tendrá problemas con la PAES, pero no importa; no le va a impedir cursar estudios universitarios. Tampoco deberá tener problemas para elegir universidad; todas ofrecen excelencia académica. En todo caso, si no obtiene los resultados esperados, siempre puede encontrar una universidad donde culminar con éxito alguna carrera.

¿Quién es el responsable de esta situación? ¿Los colegios? ¿Las universidades? ¿Las autoridades del estado? Tal vez todos ellos lo son un poco, pero los mayores culpables somos nosotros mismos como padres inconscientes de que la educación académica de nuestros hijos es nuestra entera responsabilidad; los centros educativos son los intermediarios especializados en dicha tarea, y cada uno da lo que la clientela busca en él: calidad, precio, excelentes notas, garantía de aprobado… Todos ofrecen excelencia; sólo tenemos que tener claro nosotros mismos cuál es el tipo de excelencia que buscamos para nuestros hijos, porque la excelencia está, en definitiva, en uno mismo.

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