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LA POSESION DE ARMAS

En El Salvador, algunas personas insisten en que la ley debe permitir al ciudadano común portar armas de alto calibre, y no les faltan argumentos para justificarlo. Antes era la guerra; ahora es la delincuencia. Sin embargo, la mayoría de ciudadanos prefiere que la gente no vaya armada, pese a la delincuencia, y también tienen argumentos.

En Estados Unidos similar debate viene también de lejos. En su cultura el sagrado derecho a la autodefensa contempla las armas como un elemento cotidiano, pero el fácil acceso a las mismas, y su común uso para fines criminales, y, a veces, para causar grandes masacres, ha encendido cada vez más el debate entre los que se oponen y los defensores del derecho libre a su acceso.

¿Por qué se encuentran argumentos tan opuestos ante una misma situación común? Simplemente, porque cada quien encuentra allí donde quiere buscar. La cuestión es analizar por qué unos buscan argumentos que, frente a un problema de violencia, reafirman su deseo de paz; y otros buscan sus respuestas en la misma violencia.

La búsqueda de argumentos pacifistas tiene una explicación clara: una mente sana no contempla la violencia en ninguna forma, ni aún en un clima de delincuencia común como el que se vive; a no ser que la seguridad personal se vea amenazada de una forma directa y objetiva, entonces la salud mental se altera sensiblemente, y permite optar por soluciones violentas para garantizar su supervivencia. En todo caso, esta mente quedará dañada, y difícilmente recuperará su salud anterior si no es con un tratamiento psiquiátrico adecuado.

Muchas veces, el argumento del clima violento para portar armas no es más que una racionalización que enmascara cierto grado de idolatría por estos artefactos, que se constituyen en parte de la misma persona, y que les protege de sus propias inseguridades. Necesitan sentirla ahí, porque es como la parte fuerte de una personalidad débil.

A excepción de casos especiales y de actividades que necesitan especial protección, el que una mente opte por respuestas violentas es un síntoma de deterioro psíquico; en la mayoría de los casos, el arma resulta ser el mejor aliado de una mente débil e insegura; o un juguete de adulto inmaduro y potencialmente violento; o un elemento más de una mente insensible, completamente deteriorada por experiencias anteriores.

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