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LOS AMIGOS DE MI HIJA ME DISGUSTAN

Es un comentario que se escucha muy frecuentemente entre los padres de jovencitas adolescentes. Dos son los aspectos fundamentales que suelen preocuparles: uno es que la hija se vea arrastrada a costumbres y formas de vida insanas, o diferentes a las que los padres hemos deseado siempre para ella y hemos tratado de inculcar en el modelo educativo; el otro es la posibilidad de que pueda quedar embarazada.

La adolescencia es etapa de aprendizaje a ser autónomo. Ello significa adquirir la capacidad de decidir uno mismo sobre su propia vida; y para decidir lo que se quiere hay que conocer qué es todo lo que hay. Los padres, olvidándonos a veces de que una vez pasamos por esa etapa, no entendemos que se interesen por conocer cosas y amistades diferentes, cuando desde niñas hemos tratado de enseñarles un modelo adecuado. Solemos interpretarlo como rebeldía, pero en todo caso debemos entender que es parte de un proceso natural.

Pero por otro lado, el aceptarlo como proceso natural, no significa olvidarse de los riesgos que existen y que ellas aún no alcanzan a ver. Precisamente por la consciencia de dichos riesgos, y a la vez, de la necesidad de permitir el proceso natural, es que se hace necesario un control del mismo por parte de los padres. Pero ¡Cuidado! Un control inadecuado provocará una rebeldía oposicionista antinatural. No se trata de no permitir que tengan contacto con personas que no nos gustan, sino de que no sean éstas las que influyan en sus decisiones.

El asomarse a conocer otras cosas y otras gentes debería servirles para poder comparar y aprender a decidir. Es importante que decidan por sí mismas, y que la ayuda que necesiten sea la nuestra, y se la daremos con tanta sutileza o más que con la que ellas nos la van a pedir; pero el que aprendan criterios para comparar y decidir lo adecuado es algo que los padres tenemos que haber trabajado desde años atrás. La educación para cada etapa empieza en la etapa anterior. El no hacerlo así provocará una mayor dificultad para manejar las situaciones, que frecuentemente tratamos de resolver con imposiciones, prohibiciones y castigos, lo cual no suele funcionar; o bien, vencidos por la impotencia, permitimos que la vida de nuestra hija pierda el rumbo.

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