Dic
12

NAVIDAD SIN UN SER QUERIDO

Desde hace mucho tiempo la Navidad ha quedado instituida socialmente como la época de reunión y de compartir con los seres queridos, especialmente con aquellos con los que, por la distancia, el contacto no puede ser muy frecuente; sin embargo, muchas personas viven la Navidad con un sabor agridulce, porque la alegría por la reunión con los familiares y seres queridos se ve empañada por la silla vacía de alguien que tiempo atrás la ocupaba, y que ya no está; y cuya ausencia se percibe en esta época de una forma especial, de la misma forma especial que se siente la presencia de los demás.

Muchas veces, ello es debido a que cuando una persona fallece, nuestra cultura, contradictoria en algunos aspectos, no da espacio a los familiares para elaborar el duelo emocional de una forma adecuada, y mientras que por una parte exige manifestaciones externas de duelo, como el luto, los pésames, etc; por otra tiende, involuntariamente, mediante la compañía y el consuelo, a reprimir el duelo interno que luego, lógicamente, tiende a aflorar en cualquier momento, y más especialmente en estas fechas. Y no es que las personas no necesiten compañía, condolencia y consuelo cuando pierden a un ser querido, sino que también necesitan un tiempo de soledad, de llanto y de desahogo; necesitan de un proceso de elaboración del duelo que nuestra cultura debe llegar a entender y  aprender a  respetar.

La sabiduría para ofrecer compañía a la vez que permitir la soledad; y para ofrecer consuelo a la vez que respetar el llanto, facilita el proceso de duelo, y la asunción de la pérdida, al grado de que en épocas como la Navidad, el sentimiento por esa ausencia física de un ser querido, se reconforta con la sensación de su presencia espiritual a través de su memoria en la mente de todos; con la sensación de que de la forma que sea, esa persona ahí está, como siempre, acompañándonos. Sentir su ausencia o su presencia es opcional; ambas cosas son posibles. Hay reuniones familiares navideñas en las que se deja una silla vacía, incluso por años, tratando de revivir la presencia de la persona que ya no está. Yo no lo recomiendo por contraproducente. No nos revive la presencia espiritual del ser querido, sino su ausencia física. La presencia espiritual no necesita un espacio en la mesa, sino en nuestras cabezas y en nuestros corazones.

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