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OBESIDAD Y AUTOESTIMA (II)

Dando continuidad al tema iniciado en el último blog, en el que, para comprender cómo la autoestima se ve afectada por la obesidad, explicaba que la autoestima general es un balance de todo lo que influye en lo que nos valoramos a nosotros mismos; lo bueno y lo malo; aquello en lo que nos sentimos fuertes, y aquello en lo que no. Tanto la importancia del aspecto en que se manifiesta la fortaleza o la debilidad, como el grado en que se manifiesta son subjetivos, existiendo la lógica tendencia a resaltar y exhibir las fortalezas, y a ocultar las debilidades.

Es precisamente la autoestima la que nos hace mostrarnos retraídos y no participar en aspectos que suponen una debilidad para nosotros. Sin embargo, hay ciertos aspectos que no son tan subjetivos, y que, además, difícilmente se pueden ocultar, como son los referentes a la imagen física, y particularmente la obesidad. Si además tomamos en cuenta la moda de la delgadez a la que ya se ha aludido, y que hoy día la imagen física se ha convertido en uno de los valores fundamentales de la cultura occidental, es fácil comprender la influencia negativa de la obesidad en la autoestima de la persona.

Aquél que no sabe jugar ajedrez, por ejemplo, no verá mermada su autoestima por ello porque puede perfectamente prescindir de esa actividad toda su vida, y ni a él ni a nadie le importa. El muchacho que no sabe jugar fútbol sí puede sentir algún bajón de autoestima cuando con frecuencia se le invite a participar en un partido, pero son situaciones coyunturales, y puede compensarlo con otras actividades en las que sea más diestro.

Sin embargo, la persona obesa no tiene más remedio que sobrellevar su condición veinticuatro horas al día y siete días a la semana, y su cuerpo y sus sentidos están llevando un mensaje permanente a su autoestima diciéndole que no es como debería ser: cuando se le dificulta levantarse de la cama o de la silla, o entrar a un vehículo, cuando se le dificulta caminar, subir las escaleras o hacer un esfuerzo, cuando no le entra la ropa o no encuentra ropa de su talla, cuando no consigue dejar de comer por más que quiera, cuando no consigue encontrar pareja que la acepte así, cuando sale a la calle y se le quedan viendo, o cuando tiene que resignarse a escuchar de personas cercanas apodos o comentarios desagradables, o bien discretos silencios con la mejor intención, más respetuosos, pero igual de elocuentes para su autoestima; o cuando escucha mil y una veces, casi siempre con cierta hipocresía, que lo importante es la belleza interior (¿por qué entonces es rechazada?).

Contribuye a acrecentar el daño a la autoestima la sensación de frustración y de impotencia que produce comprobar que habiendo cientos de métodos para adelgazar promocionados a través de todos los medios de comunicación, o igual número de “clínicas especializadas”, nada funciona con ella, o bien ella es incapaz de seguir los métodos en forma. Solo en algunos casos, y después de haber probado bastantes métodos sin éxito, y de haber tocado fondo la autoestima, se llega a la conclusión de que quizás se ha sido víctima de más de un engaño y de que en torno a este tema hay más lucrativos negocios con pocos escrúpulos que especialistas honestos que realmente pueden ayudar, que, por supuesto, los hay (buscar, por ejemplo, “clinicawollants” en facebook). En este el punto se empieza a crecer y a superar psicológicamente el problema de autoestima a nivel personal, aunque ya con bastante resentimiento contra la sociedad.

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