Dic
2

REALIDAD REAL

Recuerdo que hace algún tiempo, en un canal de televisión con abundante programación infanto-juvenil, se promociona un mensaje que trataba de invitar a este sector de la población a superar lo último en tecnología, representado por la llamada “realidad virtual”, y descubrir el más allá: la realidad real, es decir, uno mismo. Y me llamó agradablemente la atención porque provocaba una reflexión que deberíamos observar también los adultos: hasta dónde y de qué maneras tan sofisticadas o peligrosas somos capaces de llegar, tratando de encontrar lo que tenemos tan cerca y tan accesible, y no somos capaces de ver.

Cada vez hay más “soluciones mágicas” que tratan artificialmente de superar nuestros problemas, de satisfacer fácilmente nuestros deseos, de ponernos todo al alcance de la mano, y de hacernos sentir y aparentar lo que no somos. Se usan drogas para olvidar los problemas, pero los problemas ahí siguen, y nadie más que uno mismo puede enfrentarse a ellos para superarlos realmente. También se usan drogas para experimentar “sensaciones maravillosas”, tan intensas y fugaces como irreales; y que impiden la posibilidad de reconocer otras sensaciones como la luz del sol, la caricia de la brisa, el aroma de las plantas, o el canto de los pájaros; tan maravillosas como uno quiera verlas, y, con seguridad, reales, sanas y permanentes.

Hay aparatos que permiten hasta tener relaciones sexuales virtuales, pero que no permiten sentir el amor que contiene un beso o una simple caricia de un ser querido, real y cercano. La presión comercial nos convence de que debemos ser de tal manera y nos hace sentir como si lo fuéramos por usar determinado producto, pero luego no se responsabiliza por la frustración al descubrir que, de todos modos, somos como somos. La realidad real es la única que nos permite ser los protagonistas de nuestra propia vida.

Y ahora que se aproximan las fiestas navideñas, esa misma presión comercial tratará de convencernos de que necesitamos consumir mil y un productos para ser felices en estas Navidades. Gastaremos el dinero que tenemos, o incluso el que no tenemos para descubrir después que nuestra felicidad no dependía de ello, sino de si nuestra vida está bien o no, o de si tenemos seres realmente queridos con los que compartir la compañía, aunque no pueda ser una compañía física. Y será así porque así fueron también los años anteriores.

Esa misma presión comercial tratará también de convencer a nuestros hijos de todos los juguetes que deben pedir a Santa para disfrutar. Lo último en tecnología, en muchos casos juguetes que juegan solos, convirtiendo al niño en mero espectador. Y esos son precisamente los que Santa les regalará para no defraudarles, y hasta más. Por suerte, Santa se va esa misma noche y no puede ver que la mayoría de esos regalos no serán realmente disfrutados, o muy brevemente. E igualmente será así porque así fueron también los años anteriores.

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