May
28

TRECE RAZONES… PARA MORIR?

Me estoy refiriendo a la polémica serie de televisión por internet que puede ser vista a través de Netflix, y en la cual una adolescente, antes de cometer suicidio, deja una serie de casettes, los cuales, al ser revisados tras el suicidio, revelan las diferentes razones por las que esta joven termina trágicamente con su vida. Lo cierto es que esta serie mantiene “enganchados” a cada vez más adolescentes, a la vez que crece la preocupación entre los padres por las repercusiones negativas que la misma pueda tener en sus hijos, habiendo muchísimos que optan por prohibirles verla y ponen el grito en el cielo por que semejante serie se emita públicamente.

En el blog anterior hablaba de otro tema polémico también relacionado con el suicidio adolescente, la ballena azul, y hacía ver la desorientación que suelen tener los padres para manejar este tipo de temas, y es por ello, precisamente, que son polémicos. Sí, me están entendiendo bien, es la desorientación de los padres la que los hace polémicos. Y no es diferente en este caso tampoco. Y quede claro que no estoy hablando de culpa, porque normalmente no puede asignarse culpa a quien se equivoca sin intención de equivocarse, que es lo que muchas veces sucede con los padres en la educación de sus hijos.

Sin embargo, el problema no desaparece por la falta de culpa; frecuentemente al contrario incluso, porque es bastante común que los padres no acepten el no estar suficientemente preparados para manejar ciertos aspectos de la educación de sus hijos, particularmente si se trata de temas polémicos, tales como suicidio, sexo o drogas, en los cuales los padres tienden a ser radicales, y manejan la educación de los mismos con muy poco fundamento racional y mucho fundamento en el miedo, la creencia popular, el desconocimiento, y el “qué dirán”. Y con semejante criterio irracional se niegan a ver las cosas de otra forma y se reafirman en su convicción de que están haciendo lo mejor para sus hijos.

El dudar ante lo que no se conoce bien, es muy humano y muy normal, y la duda nos puede llevar a una decisión equivocada. Pero si se trata de un tema polémico, para evitar caer en la duda que nos pueda conducir a una decisión equivocada, lo que solemos hacer es cerrar puertas y cortinas, generar oscuridad, y ocultar como se pueda dicho tema, como si no existiese, tratando de tapar el sol con un dedo, como solemos decir. La duda puede llevar a una decisión equivocada, pero también a una decisión acertada, especialmente si nos preparamos o nos dejamos asesorar por expertos. Pero la actitud oscurantista ante los temas polémicos, casi seguro nos lleva a decisiones equivocadas, porque por más que queramos ocultar la realidad, ésta sigue ahí, sin posibilidad alguna de ser manejada, porque para nosotros no existe.

Lo peor es que estamos convencidos de que, al ocultarla, para nuestros hijos tampoco existe. Los adolescentes normalmente tienen una especial habilidad para descubrir cosas nuevas. Es natural, es la etapa de la vida para ello. Más aún hoy día con las nuevas tecnologías. No tiene sentido ocultar nada. Entonces… ¿Cómo le hacemos? ¿Lo ven? Lo que mencionaba al principio, el problema no es el riesgo de los hijos en sí mismo, sino la desorientación de los padres ante los riesgos potenciales de los hijos.

Permítanme contarles lo que un padre, al que conozco bien, me comentaba hace tiempo. El, de niño, pasaba los veranos con sus abuelitos. Tenía pánico a los rayos y los truenos, y cuando había tormenta eléctrica, su abuelita tapaba las ventanas con cortinas y papeles para “esconder” la tormenta, pero de todos modos el resplandor traspasaba los velos, y el sonido de los truenos no se podía ocultar. No consiguió superarlo hasta ya entrada la adolescencia, y fue el conocimiento de su mecanismo físico lo que despejó miedos. Años después, cuando tuvo hijos y estos eran pequeños, los acercaba a la ventana cuando había tormenta eléctrica para que vieran y oyeran de cerca los relámpagos y los truenos, y les explicaba, a nivel infantil, por qué sucedían. Nunca esos niños tuvieron temor alguno a las tormentas; únicamente las debidas precauciones que también les fueron enseñadas.

La historia continúa diez años más tarde cuando esos hijos empezaban su adolescencia. Su padre en ocasiones los llevaba en el carro a recorrer algunas zonas de San Salvador, conocidas por prostitución callejera, o por ser reconocidos puntos de venta de droga, explicándoles al mismo tiempo qué hacían esas personas ahí, a qué se dedicaban y por qué, quienes eran los clientes, y por qué iban ahí; estimulando al mismo tiempo que ellos expresaran sus opiniones al respecto, y cuáles podrían ser los resultados de todo aquello.

Este señor reconocía sorprendido que incluso había aprendido de sus hijos tanto o más que ellos de él. Pero no es ninguna sorpresa. Cuando entre padres e hijos no existen tabúes desde muy pequeños, y ambos disfrutan de la comunicación mutua con normalidad, la educación fluye por sí sola con absoluta naturalidad, en ambos sentidos, incluso. Y los criterios para tomar decisiones acertadas pareciera que se adquieren como por arte de magia. Estos hijos hoy día son jóvenes exitosos que disfrutan y nunca cayeron en vicios. Ya son independientes, y bastante mayorcitos para que sus padres vean la serie de las trece razones con ellos, pero si tuvieran doce años menos, estarían viendo la serie junto a sus padres con absoluta normalidad, comentando y analizando el por qué de las trece razones, y aprendiendo por qué otros están en riesgo y ellos no. La educación integral debe empezar desde que los hijos nacen.

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